A partir de las tortugas marinas

A partir de las tortugas marinas, en la costa se consumían peces de gran tamaño, tiburones y posiblemente manatíes (Ibidem: 9), todos ellos obtenidos localmente en las aguas someras del Golfo de México. Hallazgos recientes de restos esqueléticos de focas (M. tropicalis) en Xcambó e Isla Cerritos pudieran relacionarse con el uso alimenticio, aunque aún no se han encontrado evidencias fehacientes de estas prácticas (véase Götz 2011c). Pocos taxa ictiológicos podrían haberse capturado en alta mar y ninguno está limitado farnesoid x receptor aguas pelágicas (Götz 2012b). El género de pez más abundante es el robalo (Centropomus), el cual puede soportar condiciones acuáticas semi-saladas (: 128) de los estuarios cercanos a la costa. Restos de animales de tierra adentro son muy contados en contextos costeros y entre los pocos resaltan los venados cola blanca y el perro doméstico (Ibidem: 7). Los venados posiblemente se llevaban a las islas como cortes de carne (Ibidem: 24) y en forma de elementos útiles para la elaboración de artefactos, como astas y metapodios (ibid.).
Los contactos entre sitios tierra adentro y costeros del norte peninsular se manifiestan, en tiempos del Clásico tardío y terminal, mediante evidencias de un flujo de productos marinos, crustáceos y peces, desde el mar hacia, por ejemplo, Chichén Itzá, donde se han encontrado múltiples restos arqueofaunísticos de animales marinos (Ibidem: 4 y ss.; Cobos 1989). Los peces se transportaban posiblemente en forma seca y salada (Carr 1995: 3) y pueden haber representado en muchos sitios de las Tierras Bajas del norte un suplemento alimenticio, junto con cangrejos y conchas (Wing y Steadman 1980; Carr Ibidem).
Al comparar el panorama taxonómico de las subáreas, pueden discernirse algunos patrones para saber qué tan uniforme fue la dieta maya en tiempos precolombinos. En primera instancia debe hacerse hincapié en que los recursos faunísticos reflejan, en la mayoría de los casos, un aprovechamiento de las zonas inmediatas y adyacentes a los asentamientos. Esta presunción se basa en los requerimientos biogeográficos de los taxa que se han hallado en las excavaciones arqueológicas y encuentra su convalidación en un estudio isotópico que realizó Thornton (2011) sobre materiales arqueofaunísticos de varios asentamientos del Petén guatemalteco.
En básicamente todos los sitios tierra adentro del territorio maya y Mesoamérica en general, el venado cola blanca, un rumiante adaptable distribuido desde el centro-norte de EUA hasta el norte de Sudamérica (Burnie 2001; Smith 1991), aparenta haber sido una fuente muy importante de alimento (Álvarez y Ocaña 1999). En las publicaciones referidas se evidencia la abundante presencia de restos de estos cérvidos –mayormente de las partes carnosas del cuerpo– en contextos domésticos tanto en el Petén como en el altiplano y las Tierras Bajas centrales, desde el Preclásico hasta el Clásico terminal. A pesar de las diferencias ecológicas que caracterizan las tres subáreas comparadas en este trabajo, se puede suponer que los venados eran relativamente abundantes en todas las regiones, ya que el bosque secundario y las áreas de milpas constituyen el hábitat preferido de estos animales (Reid 1997). Tanto la abundancia postulada de venados –de los que inclusive pudo haber habido un manejo en cautiverio (Masson y Peraza 2008)– como el hecho de que constituye uno de los mamíferos más abundantes de la región, los hicieron apreciados por los estratos gobernantes y por los campesinos y trabajadores de los asentamientos mayas (Götz 2011a). El vínculo entre los hallazgos zooarqueológicos del periodo Clásico, la divinidad vista en los venados por grupos mayas durante la conquista española en el Petén (Carr 1996: 251) y las representaciones en códices posclásicos de las Tierras Bajas del norte (Lee 1985) muestran igualmente la amplia distribución del consumo y uso ritual de estos animales.
Tanto en el sitio preclásico de Cuello (Wing y Scudder 1991) como en el centro posclásico de Mayapán, se encontraron escondites con numerosas mandíbulas de venado, mientras que en las muestras domésticas posclásicas de Mayapán faltan proporcionalmente los elementos craneales (Masson y Peraza 2008: 176). Una desproporción semejante entre especímenes craneales y poscraneales se halló en los sitios tierra adentro de Chichén Itzá, Dzibilchaltún, Sihó y Yaxuná (Götz 2008: 319-333), lo que podría indicar que estas partes del cuerpo recibían un tratamiento específico y se depositaban en situaciones especiales (Masson y Peraza 2008: 180-181). Pohl (1990: 158) sugiere además que en el Petén las extremidades traseras de los venados cola blanca, notablemente ausentes en los contextos alimenticios de residencias de élite, fueron ofrendadas a evaporation los dioses, tal como parece mostrarse en el Códice Dresde (Lee 1985: 117), aunque también podrían haberse encontrado pocos de estos restos porque se usaban para la elaboración de artefactos (Emery 2001b). Una posibilidad de explicación para aquellos depósitos que incluyen grandes cantidades de huesos, no sólo de venado, sino de otros animales aprovechados por los mayas precolombinos, es la que exploran Brown y Emery (2008). Las autoras reportan grandes cantidades de huesos de animales en nichos pétreos de los alrededores del lago de Atitlán, Guatemala, que fueron depositados por los cazadores mayas rurales de la actualidad, en rituales de petición a los guardianes del bosque.